Ramón Conde. Entre las emociones y la razón

Cuando Ramón Conde irrumpe en la escultura gallega en el último cuarto del siglo XX, ya se había vuelto a la figuración, pero tratando de no mirar al pasado, después de que la sensibilidad postmoderna en los años sesenta del mismo siglo comenzara a poner fin a la oposición entre realismo y abstracción. Esto para el realismo supuso una mayor visibilidad, aprovechando las experiencias recientes de la neofiguración que llega, en el caso de Conde, a través de un expresionismo muy personal.
Frente a unas vanguardias que percibe como modas que se suceden con gran rapidez, él estima que es factible responder a las exigencias del arte contemporáneo a través de un arte figurativo, como con anterioridad habían hecho Bacon o Moore, pero que para ello es necesario promover un nuevo lenguaje, con nuevas prácticas artísticas, que aporten innovaciones decisivas para fidelizar de nuevo algunos sectores del público y crítica. Así, cuando se acomete ese nuevo lenguaje artístico para responder a las exigencias del realismo contemporáneo, los más recelosos consideraron que se demolían los pilares de este estilo, tal como se entendía hasta ese momento. Esto dio lugar a algunas confrontaciones entre crítica y creación.

