Ramón Conde. Entre las emociones y la razón

Cuando Ramón Conde irrumpe en la escultura gallega en el último cuarto del siglo XX, ya se había vuelto a la figuración, pero tratando de no mirar al pasado, después de que la sensibilidad postmoderna en los años sesenta del mismo siglo comenzara a poner fin a la oposición entre realismo y abstracción. Esto para el realismo supuso una mayor visibilidad, aprovechando las experiencias recientes de la neofiguración que llega, en el caso de Conde, a través de un expresionismo muy personal.

Frente a unas vanguardias que percibe como modas que se suceden con gran rapidez, él estima que es factible responder a las exigencias del arte contemporáneo a través de un arte figurativo, como con anterioridad habían hecho Bacon o Moore, pero que para ello es necesario promover un nuevo lenguaje, con nuevas prácticas artísticas, que aporten innovaciones decisivas para fidelizar de nuevo algunos sectores del público y crítica. Así, cuando se acomete ese nuevo lenguaje artístico para responder a las exigencias del realismo contemporáneo, los más recelosos consideraron que se demolían los pilares de este estilo, tal como se entendía hasta ese momento. Esto dio lugar a algunas confrontaciones entre crítica y creación.

A lo largo de los últimos cincuenta años, Ramón Conde se ha consolidado como un artista más relevante en la plástica gallega. Es un escultor de fuertes convicciones, riguroso y constante en el trabajo en el que se implica hasta las últimas consecuencias y con una visión fuertemente subjetiva del arte, su escultura no deja a nadie indiferente. Conde refleja a la perfección el artista autodidacta que es, estableciendo sus propios parámetros de modernidad cimentados en lo humano en sus dos vertientes, plástica y psicológica. Esta conjunción de lo físico y lo anímico va a ser de gran relevancia porque en su obra hay que tener en cuenta que más allá de la estética de las formas, está la estética de los sentimientos para la que tiene un indiscutible talento que va a explorar en profundidad a lo largo de toda su carrera. La primera nos muestra al hombre a través de la figura que asume con su juego de masas curvas y gestualidad, la segunda lo hace desde dentro con sus dramas y pasiones e incluso indiferencia lo que le va a permitir transmutar su arte en vida y viceversa.

Ramón Conde es el escultor de la figura humana por excelencia y de los grandes volúmenes. Sus esculturas están desprovistas de toda retórica y rehúsan la descripción, pero de ellas emana una fuerte vida interior de emociones y sentimientos cuyo arquetipo, la síntesis hombre montaña, se convierte en un icono visual metamorfoseable, que a lo largo del tiempo el artista le insuflará nuevas vidas y significados, son obras con un contenido expresivo complejo, aunque algunas puedan parecer a simple vista sencillas.

Durante toda su trayectoria, el artista ha trabajado con unos patrones iconográficos muy definidos en los que la figura humana tiene su exclusividad, bien sea masculina, bien femenina o bien, como ocurre en ocasiones, una síntesis de ambas. En ellos evidencia con gran claridad escultórica su profundo conocimiento del ser humano, lo que le permite ahondar en el estudio de los sentimientos y las pasiones, pero también en los desbordantes y musculosos cuerpos.

Esta dualidad entre los psíquico y lo físico, como ya hemos visto, lleva además al artista a la dicotomía entre los criterios racionales y emocionales que deben regir su obra. Él confiesa una mayor inclinación hacia estos últimos porque de la experiencia ha aprendido que el arte se presta más a lo emocional, a dar rienda suelta al subconsciente, llegando a superar las barreras de la estética por mucho que en ocasiones el artista le quiera imponer la razón. No obstante, la valoración conjunta de estos aspectos da como resultado una obra muy personal que obedece a una temática universal, pero en la que se aprecian reflejos de vivencias personales y contemporáneas.

En la actualidad, después de más de cincuenta años de recorrido artístico, el escultor se encuentra no solo en un momento de madurez sino también en un punto de inflexión de su desarrollo creativo, que comienza a tener especial significado en lo que atañe a una creación más compleja, dentro de los parámetros que enmarcaron siempre su obra.

Ramón Conde. Entre las emociones y la razón
Mercedes Gallego Esperanza
Ourense, 2026

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