La Escultura Pública Hoy
Resulta difícil hacer una declaración de principios cuando se trata de escribir sobre escultura pública. Sus propuestas no asumen siempre las características de la escultura en general. Es interesante hacer hincapié en aquellos aspectos formales, espaciales y culturales que la unifican o la distancian, según la realidad del momento. Ello lleva a menudo a que, con el objeto de adaptarla a los numerosos condicionantes, la idea inicial se vea sometida a un proceso de transformación rara vez favorable. Por el contrario, una buena adecuación de la obra a la realidad que la circunda supone una acentuación de la armonía y de su belleza formal.
Desdichadamente, las propuestas escultóricas no asumen siempre las características que demandan los lugares. La escultura de la Restauración recurrió a parques y jardines donde era más fácil acertar con la ubicación. Durante el franquismo, algunos espacios se vieron alterados por la carga política del lenguaje del monumento. Hoy, se pueden encontrar criterios muy loables que pretenden recuperar zonas históricas con proyectos coordinados por arquitectos y escultores. En estos casos, no se puede olvidar el riesgo que suponen las actuaciones en los cascos históricos en las que se hace imprescindible, al insertar una nueva escultura dentro de un marco de edificios de diferente escala y época, un estudio detallado del material, tamaño y forma. Otros proyectos intentan solventar por medio de la escultura la impersonalidad de las zonas residuales que la especulación deja en torno a una edificación desmedida. La zona rural se debe considerar un caso aparte, pues el lugar de ubicación de la obra se elige por la relación simbólico-sentimental de este con el homenajeado.
La finalidad de la escultura pública está en el disfrute del hombre de la calle, por ello su sentir debe ser tenido en cuenta. Existen unos condicionantes culturales que influyen en él a la hora de juzgar la obra, el más decisivo es la larga tradición figurativa de este tipo de monumentos. Así, hasta los años sesenta, los problemas planteados radicaban en el desacuerdo con el homenaje, la colocación o el artista elegido. Actualmente, dado que la abstracción comienza a aparecer en la calle con mayor frecuencia, hay que añadir otro que parece más insalvable: la incomprensión de la nueva estética propuesta. Urge, por lo tanto, llevar a cabo un proceso de reeducación que permita una renovación y una mayor permeabilidad cultural de la población, pues la incomprensión lleva al olvido y al desafecto, produciéndose acto seguido el abandono material.
El papel de las instituciones es muy desigual a la hora de definir posturas que clarifiquen la situación. Unas se siguen mostrando excesivamente complacientes con la tradición, mientras que otras han asumido la responsabilidad de favorecer la vanguardia. Las unas y las otras, a la hora de erigir una estatua, deben ofrecer la posibilidad del concurso para que pueda existir un debate público que no se da en el encargo directo.
A pesar de los condicionantes culturales, en la escultura pública de un mismo lugar coexisten y se yuxtaponen diversos estilos, dando lugar a una interesante pluralidad marcada por la mixtura entre la tradición y la modernidad. Al igual que en otras artes, esta tiene que hacer frente a las transformaciones experimentadas en los últimos tiempos, dando una respuesta más innovadora a la demanda, incorporando nuevas tendencias, aportando soluciones técnicas a problemas formales y librándose de la excesiva carga cultural para poder buscar nuevas formulaciones. Algunas ciudades están ensayando, con mayor o menor acierto, vastos programas de renovación siguiendo los nuevos aires de experimentación que corren en este campo y poniendo así las bases de una modernidad que logre que el nuevo lenguaje sea de dominio público.
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