Lectores de verano
El verano, según las encuestas, es la estación del año más propicia para la lectura. Son muchos los que lo justifican alegando que es la época de mayor tranquilidad, de más relax para leer. A mí el razonamiento me parece de mal lector ya que el bueno suele actuar a la inversa, o sea, en momentos de tensión busca el relax en un libro. En fin, este argumento y otros varios han ido dando lugar a diferentes prototipos de lectores de verano.
Uno de los que más llama mi atención es aquel que en todo el invierno no ha dado “un palo al agua”, en lo que a lectura se refiere, y llegado el estío siente unas ansias irrefrenables de corregir las encuestas que denuncian el bajo índice de lectura de los españoles, para ello se apresura a meter en la maleta el último bestsellers. Así, al llegar al destino vacacional, la novela en cuestión se convierte en objeto imprescindible en la bolsa de la playa, en el hall del hotel los días lluviosos o mientras se espera a que se reúna el clan familiar a las tres de la tarde para una comida soporífera.
Otro ejemplo de lector veraniego es el del adolescente que se encierra en su habitación, mientras el resto de la familia sestea, con el libro de la asignatura septembrina y la novela debajo de la almohada. Hoy, lamentablemente, este prototipo está en vías de extinción por varios motivos como son: el fracaso de las últimas leyes de Educación para promover la lectura, las preferencias de los jóvenes por el ordenador y la consola o la desidia de la familia y la propia sociedad en fomentar este camino de cultura y entretenimiento.
Caso curioso es el del político, ejecutivo, etc., que elabora o le elaboran una lista de títulos y autores a los cuales pocos conocen y nadie ha leído, incluido el personaje en cuestión, pero que no duda en defender como sus libros de cabecera cuando le hacen la entrevista de verano.
Como lectora anárquica –en el sentido que no atiendo a criterios- me identifico más con otro tipo de lector que, aun no siendo exclusivo de verano, tiende en estas fechas a acentuar sus “peculiaridades”, en mi caso leer varios libros a la vez y de lo más dispar. Ello no deja de tener sus inconvenientes como son el que parezca que no avanzas en la lectura y el de moverte o viajar con una bolsa de libros a todas luces imposible de leer por falta material de tiempo. En cuanto a las ventajas, al margen de disfrutar de una lectura diversa y dispersa, te permite acorazarte contra cualquier imprevisto veraniego: mal tiempo, aburrimientos varios o meditaciones transcendentales.
Resumiendo, un libro no debe de faltar nunca en nuestro equipaje, porque es el escape perfecto para millares de situaciones.
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